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Después de un aborto mi vida se quebró, aún sigo recogiendo los pedazos

Después de un aborto mi vida se quebró, aún sigo recogiendo los pedazos

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Dicen que después de un aborto la vida continúa con normalidad. Dicen que no pasa nada, que es preferible decirle ¡No! a un niño que no deseamos hoy, que arrepentirnos toda la vida. Dicen que después de un aborto podemos seguir como si nada hubiese pasado, que no debemos dejarnos y que el aborto en la mayoría de los casos está en pro de la vida de la mujer. Sin embargo, y como todo en la vida, nadie sabe lo que pasa después de un aborto sino cuando lo vive.

La historia de Ruby es la historia de millones de mujeres en el mundo que decidieron practicarse un aborto sin entender en realidad lo que esto significaba para sus vidas.

Después de un aborto mi vida se quebró y aún sigo recogiendo los pedazos

Cuando tenía 20 años conocí un chico que me encantó. Con la velocidad de la juventud, salimos un par de veces, hicimos el amor y nos volvimos novios. Todo marchaba perfecto, o al menos eso pensaba yo. Pasado un mes y medio empecé a sentirme diferente, mi regla no volvió y siete pruebas de embarazo caseras me gritaron ¡Estás embarazada! En ese momento mi mundo empezó a girar a una velocidad que no alcanzaba a comprender. Una prueba de sangre fue la encargada de decirme ¡Sí! todo esto es real.

El miedo se apoderó de mí y como el futuro padre y mis amigas estaban de acuerdo en que abortar era la mejor solución dije sí. Así que mi novio llegó a la hora pactada aquel sábado, tuvimos sexo y apenas terminamos sacó de su bolsillo cuatro pastillas y me las ofreció. Aceptar esas pastillas fue el comienzo de una serie de dolores que aún hoy no alcanzo a remediar.

El baño de aquel cuarto fue el escenario del crimen, mi cómplice no pudo soportar mi dolor y se fue a la mitad de la madrugada dejándome sola para esperar la muerte, esa fue la última vez que lo vi. El dolor que sentí no tiene punto de comparación, horas y horas de martirio hasta que mi cuerpo expulsó la vida que yo me negué a recibir. Sin embargo el dolor no cesó. Cuando llevaba 48 horas de cólicos insoportables y la sangre no paraba, una amiga me dijo que lo mejor era ir a un hospital. Eso sí, por nada del mundo podía decir que había abortado pues me llevarían presa.

En el hospital inventé que me había caído, aunque en realidad siento que nadie se lo creyó, pues todos me miraban de forma despectiva. Un legrado después salí del hospital y en definitiva después de un aborto la vida no volvió a ser la misma. Me quedé sin novio e incluso sin amigas, no podía mirar a mi familia a la cara y lo peor era que hasta sentía vergüenza de mirarme al espejo.

Una amiga pro aborto me dijo que esa sensación era normal pues la sociedad nos había llenado de culpa. Sin embargo, hoy, 11 años después puedo decir que esa culpa no viene de afuera, es adentro donde todo se desmorona y no sabemos como liberarnos del peso de nuestras decisiones. En los meses que siguieron mi vida parecía normal, iba a estudiar y salía con algunas amigas a beber hasta que saliera el sol. Jamás hablaba de eso con nadie, pero cada vez que tenía un minuto a solas, ese día regresaba a mi cabeza y por eso evitaba la soledad.

Un año después todo se me había salido de las manos, había abandonado la universidad y el alcohol fue mi refugio. Mientras estaba sobria no decía nada, sin embargo sentía repulsión cada vez que veía un niño e incluso no quería que los hombres se me acercaran. Cuando estaba ebria, todo salía a flote, lloraba a mares, contaba la historia una y otra vez y el dolor se hacía cada vez más profundo. Pasados dos años dejé de trabajar pues solo quería estar borracha, no soportaba el peso de mi conciencia en sobriedad. El alcohol trajo consigo una época llena de sexo desenfrenado y un consumo casi adictivo de métodos de planificación y pruebas de embarazo.

El tiempo pasó, pero el dolor no, y un día por fin asumí mi dolor y entendí mi culpa. No, no era cierto, después de un aborto la vida no sigue igual, la libertad que deseamos se convierte en nuestra propia cárcel y aunque lleguemos a perdonarnos siempre habrá algo ahí que nos recuerde que le dijimos no a la vida. Siete años después estaba recuperándome, conocí un hombre maravilloso, nos casamos y empezamos a buscar un hijo. Después de dos años de búsqueda, de nuevo, pero esta vez para mi alegría una prueba de embarazo casera mi anunció el positivo y todo fue felicidad. Le contamos la noticia a toda la familia, lo gritamos por Redes Sociales, y 24 horas después el cólico de esa noche fatídica regresó a mi cuerpo. Acudí al hospital inmediatamente para darme cuenta que había perdido mi bebé. Cuando expulse una pequeña bolsa con un corazón en el centro aquel dolor que creía sepultado regreso a mí ¿Será a esto lo que llaman Karma? No sé, pero se parece mucho, y fue en ese momento que entendí que la última palabra siempre la tiene la vida.

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