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Poemas de Luis Enrique Mejía para saber cómo se ve el amor desde la Esquizitofrenia

Poemas de Luis Enrique Mejía para saber cómo se ve el amor desde la Esquizitofrenia

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Luis Enrique Mejía Domínguez fue un abogado, escritor y especialista en sueños colombiano que nos dejó más que una gran obra literaria, un tesoro espiritual que puede cambiar la vida de quien se acerca a él. En términos literarios, de Luis Enrique Mejía D solo se conoce un libro llamado Esquizitofrenia, un hermoso elogio a la locura. Pero no a cualquier tipo de locura, a la locura que sana y que nos permite tumbar los prejuicios impuestos por la sociedad y ver la vida desde una óptica más amorosa.

Esquizitofrenia de Luis Enrique Mejía D, es un libro que carece de la estructura literaria convencional. En él podemos encontrar ensayos, aforismos y poemas, entre otros. Es por esto que esta obra no se puede encasillar dentro de un género específico, y yo me atrevería a afirmar que es una gran exponente de la autoficción en Colombia.

Pensando en todo esto y debido al amor que le tengo a Esquizitofrenia, hoy quise compartir con ustedes, estos poemas de Luis Enrique Mejía para que puedan disfrutar de lo bello que se ve el amor desde el lado de la locura que sana.

Poemas de Luis Enrique Mejía que nos muestran cómo se ve el amor desde la Esquizitofrenia

Luis Enrique Mejía

En una noche paralela
A la noche que vivía
Mi silencio y el silencio
Sus silencios aliaron
Para escuchar el canto
De la soledad que acompaña
A las soledades que no tienen compañía.

Lo vio mi alma provenir de las estrellas
Desde las llores lo vio llegar mi corazón.

Quedó claro en esa noche
Que otra noche se aclaraba
En las entrañas de un mundo
Que otro mundo entrañaba.

-Cañón de la tigresa, II-15-85-

Hola mi niña amada. Es de mañana y quiero cantar para ti. Como el pinche y
el compinche. Pájaro-monje mesurado gorrión que sale temprano a buscar su
grano de luz. Y lo encuentra. A veces en el viento. A veces en el agua. En la
tierra a veces. Hoy en una rosada herida abierta. Que le cambia las alas por
conchas. Para llorar perlas. Como las ostras. Que baten sus alas. La concha
para volar en el agua y tornar de nuevo a pájaro-pinche-gorrión-compinche
tuyo rosada herida abierta.

Deja volar mis dedos
Por tu piel de viento
Hasta las puertas del huracán.

Con un buen fuego en el pecho
Serás hoguera sin hogar
Y es posible
Sólo posible
Que descienda sobre ti
La calma de las brasas.

Déjame amarte con el mejor deseo de amar
El de las alas, el de las velas, el de las olas
El que profesa el colibrí a las amapolas.

Dime si estás dispuesta a la contravía
A marcharte conmigo calle abajo
Piel adentro y cielo arriba.

Había que vestir el cuerpo de distancia
Y llevarlo a todas las derrotas. Era la
Única manera de reconquistar el misterio
Que se había perdido en la necesidad.

Cuando estoy contigo
Soy el otro
El que contigo estaría
De ser impecable mi amor

A tres o cuatro intuiciones
Agregue una o dos sospechas
Con una pizca de ganas de ser.
Bátase lentamente hasta que el caldo espese
Esparciendo gotas de humor para evitar que se le queme.
A fuego lento muchas noches
Debe cocinarse el cocinero
Y no se extrañe porque el plato es extranjero.
Por último
Sírvase de lo servido
Para luego servirle a los demás
La sopa celeste que corre por sus venas
Por todos los siglos y para siempre jamás.

Háblame con tu piel
Para creerte con la mía.
¡Déjame pielear contigo!

De ti aprendí
A no esperarte
A igualar el verte llegar con el verte partir
A ir dejando suceder
A jubilar el destino.

En los días del azar
Me quedas tan grande
Que tengo que crecer.

Déjame aprender de vos
La lujuria callada de la jaula
vacía
Déjame asoliar la soledad en tu
patio.

Duele que no vengas
Pero está bien que duelas
Y que no vengas también
Pues no viniendo te vas.

Quiero preservar tu amor
Para conservar el amor.
Si es necesario
Lo cubriré de silencio y distancia.
Si es necesario
Le daré la otra mejilla.

Cada vez que voy a morir
Con una de las muertes que te incumben
Te marchás diciendo que sólo me incumben.
Cerrás la puerta
Y con el ojo en la cerradura
Dura y cerrada
Te quedás mirando cómo agonizamos.

Nos separamos
Para que algo en ti «que no»
Quedara contento
Y algo en ti «que sí»
Quedara triste.

Usted duele muchacha
Usted reparte más herida que remedio.

Olvido los poemas para conservar el deber
De hacerlos cuando las muertes me cogen
De sorpresa o a lambetazos la vida
Me sorprende.

Las anclas de mi nave son mis alas ahogadas.

Como es evidente, Luis Enrique Mejía Domínguez fue un hombre que penetró profundamente hasta las raíces del lenguaje para encontrarse a sí mismo.

Todos los poemas que hay en este artículo pueden encontrarse en Esquizitofrenia, un libro que sin duda, debería ser de lectura obligatoria.

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