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Mi hija hospitalizada: aprendiendo de qué estamos hechas las madres

Mi hija hospitalizada: aprendiendo de qué estamos hechas las madres

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Mi hija hospitalizada: En estos días pase por unas de las experiencias más horribles de mi vida: La primera vez que hospitalizaron a mí pequeña y sinceramente espero que sea la única.

Unos días en el hospital

Mi hija hospitalizada: unos días en el hospital me enseñaron de qué estamos hechas las madres

Estamos de vacaciones con la familia del padre de mi hija y todo transcurría con relativa normalidad, hasta que mi pequeña empezó a toser y sentirse enferma.

A los tres días estaba bastante mal: tenía fiebre, tos y dificultad para respirar. Angustiados, su padre y yo la llevamos al hospital por emergencias. Yo esperaba que le dieran algún medicamento y nos mandaran a casa, pero las cosas no resultaron como esperábamos, dijeron que la ingresarían porque tenía un virus y debía estar en observación. Una de las frases más aterradoras que he escuchado en la vida. Mi pequeña, mi hija hospitalizada.

Uno de mis mayores miedos era que no me permitieran quedarme con ella, no hubiera sido capaz de dejarla solita en ese horrible lugar lleno de gritos y dolor. Afortunadamente estuve con ella todo el tiempo, algo que me dio mucha tranquilidad y me unió más a ella.

Al tener a mi hija hospitalizada, el pánico se apoderó de mí completamente. Es un estado muy particular, debes estar alerta y fuerte para tu pequeña, pero también estar muerta del miedo por dentro y evitas pensar en los peores escenarios y concentrarte en su mejoría; todo eso causa un cansancio emocional realmente grande y una sensación de estar anestesiado todo el tiempo.

Todas esas cosas las teníamos en común los padres que estuvimos juntos en esa pequeña sala que parecía llenarse cada vez más. El miedo en el rostro de una madre es algo muy difícil de ocultar, pero todas fuimos valientes, era imposible no identificarnos entre nosotras y procurar ayudarnos en todo. Quizás era una forma en la que podíamos menguar la angustia y la impotencia, podíamos sentir que le hacíamos bien a otro, que ayudábamos en algo a hacer más llevadera la estancia en aquel temible lugar.

Y es que al estar mi hija hospitalizada, comienzas a pensar que cualquier cosa puede pasar: un virus aún peor, algún error médico, la vida de mi pequeña se encontraba en manos ajenas, manos en las que no confiaba completamente y en un asunto que no lograba comprender del todo.

Al parecer se trataba de una epidemia de bronquiolitis, que es la primera enfermedad fuerte que presentan los niños pequeños, se produce por un virus que ataca el sistema respiratorio y puede llegar a ser fatal si no se le presta la debida atención.

mi hija hospitalizada

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Las cosas fueron transcurriendo frías y blancas como en cualquier hospital, ingresaban cada vez más niños con condiciones parecidas, estuvimos hacinados en una pequeña sala con seis camillas infantiles y seis sillas de plástico para sentarnos a esperar todo el día, a que suceda un milagro o alguna mejoría.

Ver a mi pequeña con oxígeno fue algo espantoso, las nebulizaciones eran un momento de llanto constante en la sala, pero mi pequeña pronto entendió que debía calmarse para el tratamiento y lo hizo. Me admiró su valentía, su alegría y ternura aún en momentos feos que no quisiéramos que nuestros hijos pasaran jamás. Ver a mi hija hospitalizada y verla asumirlo con valentía me dio fuerzas para hacer lo mismo.

Mientras tanto las mamitas continuábamos unidas, cuando alguna lloraba, las otras la consolábamos y le dábamos ánimos. Compartíamos alimentos y nos ayudábamos a dormir un poco más cómodas en el piso del hospital. No sé que hubiera hecho sin esas mujeres hermosas y valientes. Poco a poco algunas fueron trasladadas con sus pequeños, a otras se les asignó una habitación y algunos pocos eran dados de alta.

La incertidumbre que nos embargaba a todas era enorme. No había momento del día en el que no estuviéramos alerta y pendientes de la respiración de nuestros pequeños, del sonido de su corazón y de que por fin pudieran respirar sin oxígeno. Mi hija hospitalizada, mostraba signos de mejora pero aún no podía abandonar el oxígeno por completo, ya me sentía al borde: el cansancio, el hambre, la angustia, la sensación de que no había nada que pudiera hacer más que sentarme y esperar y hacer sentir a mi pequeña lo mejor posible. Fuimos fuertes, todas y cada una de nosotras, nos fortalecimos en nuestros pequeños y aguantamos una jornada exhaustiva que no muchos soportarían.

Nos dimos cuenta que la cantidad de niños enfermos no disminuía, por el contrario, los pasillos y rincones del hospital estabas atiborrados de mamás atendiendo la respiración de sus pequeños, algunas con mucha angustia, pero todas consagradas en cuerpo y alma a la recuperación de los pequeños.

Mi hija hospitalizada

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No entendíamos que pasaba, al parecer los niños debían estar aislados y el hacinamiento solo contribuía con el avance de la epidemia. El momento álgido llego cuando uno de los bebés más pequeños que estaba en la sala con nosotros, tuvo que ser llevado a la Unidad de Cuidados Intensivos UCI, debido a que había adquirido un virus demasiado agresivo y su pequeño cuerpecito estaba cansado de luchar en su contra.

Un momento de pesadilla, que estaba por terminar. Afortunadamente a mi pequeña le dieron de alta y ahora está en casa. Pero aún hay miles de niños pequeños que siguen enfrentando este virus con todas sus fuerzas y luchando por vivir y respirar tranquilamente.

Tener a mi hija hospitalizada me enseñó varias lecciones que hoy agradezco: La importancia de la compasión, el gran tesoro que encontramos en la amistad, el valor de un pequeño que a veces es subestimado, el apoyo que le brinda a un niño su familia (aunque no sea una familia como todas y tenga diferencias que la sociedad no acepte), la fuerza del amor, lo mal que nuestro país se encuentra en cuanto a sistema de salud, y las ganas de que todo mejore para nuestros hijos en el futuro.

Cada día trae una lucha diferente y nosotros como padres debemos hallar la fuerza en el amor que le profesamos a nuestros pequeños, ellos nos hacen fuertes, nos dan energía. Por ellos siempre vale la pena luchar.

¿Te gustó la historia? ¿te ha pasado algo parecido?

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Saludos y muchos besos.


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